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Grabadoras en el MNBA

Grabadoras MNBA

El Museo Nacional de Bellas Artes ha estado históricamente regido por las categorías sociales dominantes: blanco, masculino, heterosexual y burgués. No es de extrañar, por tanto, que su colección tenga una composición mayoritariamente masculina: de 5752 obras solo 679 fueron creadas por mujeres, es decir, apenas un 11,8 %. De estas, casi la mitad corresponde a grabados, cuyo estudio –pese a lo reducido de la muestra– permite ilustrar el aporte de sus autoras al desarrollo de la disciplina en Chile.

Hasta 1945 solo tres piezas gráficas realizadas por mujeres figuraban en el inventario institucional. Dos de ellas fueron creadas por Marguerite-Jeanne Jacob de Bazin (1867-s. XX), grabadora francesa residente en Chile y esposa de León Bazin, profesor de la Escuela de Bellas Artes; la tercera, en tanto, corresponde a un paisaje de la artista Jeanne Granès (1870-1923), copia de una obra de Henri-Joseph Harpignies. Como lo muestran estas obras inaugurales, la escena chilena temprana del grabado transitó por la senda de un arte menor destinado a reproducir “otras” obras de arte.

Desde los años 50 se desarrolló en el país una amplia agenda expositiva nacional e internacional, que puso de manifiesto una creciente y renovada valoración del oficio: frente al elitismo de la pintura de caballete, el grabado demostraba ser una forma artística más democrática, que abandonaba poco a poco la función de copia y se abría camino hacia la autonomía estética. El trabajo de Laura Rodig (1896/1901-1972) refleja esta fuga respecto del paradigma imperante, recurriendo al influjo del muralismo para desarrollar imágenes de intenso contenido político.

La mayor parte de los 333 grabados de artistas mujeres que conserva el MNBA datan de las décadas de 1960 y 1970, época en la que se consolidó la profesionalización de la disciplina. Fundamental a este respecto fue la fundación del Taller 99 en 1956, espacio formativo cuyas representantes registran una presencia mayoritaria en la colección institucional. Entre ellas figuran, por ejemplo, Juana Lecaros (1920-1993), Roser Bru (1923-2021), Mireya Larenas (1932-2022) y Dinora Doudtchitzky (1914-2004).

Con una trayectoria independiente y una mirada poco convencional, Irene Domínguez (1930-2018) exploró diversas técnicas, motivos y temáticas, atravesadas por el compromiso político y la crítica social. Por su parte, Virginia Errázuriz (1941) y Adriana Asenjo (1940) reflejan el desarrollo de la escena entre 1980 y 1999, incorporando interesantes libertades visuales: en el caso de la primera, por su acercamiento a las técnicas experimentales y contemporáneas, y en el de la segunda, por su obra atingente al contexto posdictatorial.

Junto con complejizar la historiografía de las artes visuales en Chile mediante la introducción de la categoría política de género, el análisis de las obras de estas autoras pone de relieve la necesidad de incorporar más trabajos de grabadoras históricas y contemporáneas a las colecciones públicas, como medida reparatoria y transformadora.

 

Descarga el artículo completo “Matriz y estampa. Las grabadoras en la colección del Museo Nacional de Bellas Artes”, por Nicole González.